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09 marzo 2021

ANAKENA-ISLA DE PASCUA











ANAKENA

La playa de los reyes y de los moáis

Hay lugares que parecen haber sido elegidos por los hombres.

Y hay otros que dan la impresión de haber sido elegidos por los dioses.

Anakena pertenece a estos últimos.

Después de atravesar el paisaje volcánico y silencioso de Rapa Nui, cuando el camino parece avanzar hacia ninguna parte, aparece de pronto ante los ojos una franja luminosa de arena blanca, un mar de color turquesa y unas palmeras que se balancean lentamente bajo el viento del Pacífico.

Es difícil no detenerse.

Difícil no pensar que aquel lugar debió parecer extraordinario también a quienes llegaron aquí muchos siglos atrás.

Porque Anakena no es solamente una playa.

Es uno de los lugares donde comienza la memoria de Rapa Nui.


EL LUGAR DE LOS ARIKI

La tradición cuenta que fue en estas costas donde desembarcó Hotu Matu'a, el gran ariki y antepasado fundador de los rapanui, acompañado, según la tradición, por su hermana Avarei Pua.

Quizá por eso, cuando uno contempla Anakena desde cierta distancia, resulta inevitable imaginar aquellas primeras embarcaciones aproximándose lentamente a la orilla después de una interminable travesía por el Pacífico.

Frente a ellos habría aparecido una tierra desconocida.

Una isla volcánica perdida en la inmensidad del océano.

Y, finalmente, aquella playa.

La arena clara.

El agua tranquila.

La vegetación.

Un lugar donde comenzar de nuevo.

La tradición oral convertiría posteriormente Anakena en un espacio vinculado a los ariki, los antiguos gobernantes de la isla, y a sus familias.

El nombre mismo de Anakena procede, según la tradición local, de una pequeña cueva situada en una quebrada próxima a la playa.

Hoy todo parece tranquilo.

Pero cuesta imaginar cuántas historias pudieron desarrollarse alrededor de este pequeño territorio durante los siglos en que Rapa Nui construía su extraordinaria civilización.


UNA PLAYA EN EL FIN DEL MUNDO

Anakena se encuentra aproximadamente a treinta kilómetros de Hanga Roa.

Treinta kilómetros que, en otro lugar, quizá no significarían demasiado.

Aquí son diferentes.

Porque mientras uno avanza hacia Anakena tiene la sensación de alejarse progresivamente del mundo conocido.

El paisaje se vuelve más abierto.

La presencia humana desaparece.

El océano comienza a adquirir un protagonismo absoluto.

Y entonces aparece la playa.

Una amplia media luna de arena blanca coralífera, rodeada por vegetación y palmeras, junto a unas aguas que bajo determinadas luces adquieren tonalidades de azul y turquesa.

Es una visión casi contradictoria.

Rapa Nui puede ser áspera, volcánica, incluso severa.

Anakena, en cambio, parece generosa.

Como si la isla hubiera querido reservar en medio de su territorio un pequeño refugio.

Un lugar de belleza serena.

Un lugar para quedarse.


LOS SIETE GUARDIANES

Pero basta con levantar la mirada para comprender que Anakena no es una playa cualquiera.

Allí están ellos.

Los moáis.

Siete figuras que parecen custodiar desde hace siglos este rincón de la isla.

No tienen la expresión de quienes vigilan.

Tampoco parecen amenazar.

Hay en ellos algo mucho más profundo.

Una especie de melancolía mineral.

Una nostalgia que quizá no pertenece a las propias estatuas, sino a nosotros, que sabemos que quienes las levantaron desaparecieron hace mucho tiempo.

Ellos permanecieron.

Y permanecen todavía.

El conjunto más impresionante es el Ahu Nau-Nau, situado junto a la playa.

Cuando uno se acerca, la primera impresión es de grandeza.

Después aparece el detalle.

Las superficies de los moáis no son toscas.

Sus espaldas fueron cuidadosamente talladas.

La piedra conserva líneas, formas y detalles que revelan la extraordinaria capacidad de los escultores rapanui.

No estamos ante simples bloques de roca.

Estamos ante una obra concebida para durar.

Para sobrevivir a sus creadores.

Para enfrentarse al tiempo.


LOS PUKAO

Cinco de los moáis fueron levantados completos sobre el ahu, mientras otros dos quedaron quebrados.

Cuatro de aquellos gigantes llevan sobre sus cabezas los característicos pukao, enormes elementos realizados en toba roja que representan, tradicionalmente, el cabello recogido o el moño que llevaban los ariki.

Desde la distancia parecen sombreros.

Pero no lo son.

Son parte de un lenguaje simbólico mucho más complejo.

Cuando el sol incide sobre aquella piedra rojiza, el contraste entre el oscuro cuerpo de los moáis y el color cálido de los pukao resulta extraordinario.

Es entonces cuando Anakena adquiere una dimensión casi irreal.

Los gigantes parecen todavía más altos.

Más solemnes.

Más antiguos.

Y el visitante vuelve a experimentar aquella sensación tan característica de Rapa Nui:

el presente frente al pasado.


EL OJO QUE VOLVIÓ A MIRAR

Pero quizá uno de los episodios más fascinantes relacionados con los moáis de Anakena ocurrió cuando apareció algo que durante siglos había permanecido oculto.

Un ojo.

Un ojo de coral blanco, acompañado por una pupila realizada en escoria roja.

Durante mucho tiempo se había discutido cuál era realmente la función de los ojos de los moáis.

El descubrimiento proporcionó una evidencia extraordinaria.

Porque aquellas esculturas, una vez terminadas y colocadas sobre sus plataformas ceremoniales, podían ser completadas con ojos.

Y entonces la imagen cambia completamente.

Un moái sin ojos parece una figura incompleta.

Un moái con ojos parece vivo.

Parece mirar.

Parece adquirir presencia.

Aquel ojo encontrado en Anakena se conserva actualmente en el Museo Antropológico Sebastián Englert, en Hanga Roa.

Y quizá resulte difícil encontrar una pieza que explique mejor la relación entre el mundo material y espiritual de Rapa Nui.

La piedra podía representar al antepasado.

Pero eran los ojos los que parecían devolverle la mirada.


EL MISTERIO DEL AHU

Anakena guarda todavía más secretos.

Cerca de la playa existen otros ahu que hoy permanecen sin las estatuas que alguna vez pudieron sostener.

Son estructuras silenciosas, parcialmente absorbidas por el paisaje.

Quizá sean anteriores.

Quizá pertenecieran a otras etapas de la historia de la isla.

Y quizá, precisamente porque ya no tienen moáis, resulte más fácil imaginar lo que allí sucedió.

Uno puede caminar junto a aquellas piedras e intentar reconstruir mentalmente el lugar tal como debió ser siglos atrás.

Hombres transportando enormes bloques.

Personas preparando ceremonias.

Familias reunidas.

Sacerdotes.

Guerreros.

Niños.

Ancianos.

Una sociedad entera viviendo alrededor de estos monumentos.

Y después, lentamente, el silencio.


EL OCÉANO DETRÁS DE LOS REYES

Me gusta imaginar Anakena al final de la tarde.

El sol descendiendo lentamente.

La luz dorada extendiéndose sobre la arena.

Las palmeras moviéndose con el viento.

El mar respirando suavemente frente a la playa.

Y los moáis permaneciendo inmóviles sobre el ahu.

Quizá nadie pueda saber exactamente qué pensaban aquellos hombres cuando levantaban una estatua.

Pero podemos contemplar el resultado.

Y basta con hacerlo durante unos minutos para comprender que aquello no era únicamente arquitectura.

Era memoria.

Era identidad.

Era una forma de desafiar al olvido.

Los rapanui levantaron sus moáis para que los antepasados permanecieran presentes.

Y, de alguna manera, lo consiguieron.

Porque muchos siglos después seguimos llegando hasta ellos.

Seguimos preguntándonos quiénes fueron.

Seguimos intentando comprenderlos.

Seguimos fotografiándolos.

Seguimos hablando de ellos.


OVAHE, LA HERMANA PEQUEÑA

A menos de un kilómetro de Anakena, hacia Poike, aparece otra pequeña playa: Ovahe.

Es mucho más pequeña y tiene un carácter diferente.

Si Anakena transmite la sensación de ser un lugar abierto, luminoso y ceremonial, Ovahe parece esconderse.

Como si la isla hubiera reservado dos paisajes distintos a muy poca distancia.

Dos playas.

Dos formas de contemplar el Pacífico.

Dos escenarios dentro de una misma historia.

Pero Anakena posee algo que Ovahe no puede tener.

La presencia de los moáis.

Y eso transforma completamente la experiencia.


ANAKENA: DONDE EL TIEMPO SE DETUVO

Antes de abandonar la playa me quedé unos instantes contemplando nuevamente el Ahu Nau-Nau.

Los siete moáis permanecían allí.

El océano continuaba detrás.

Las palmeras se movían con el viento.

La arena seguía brillando bajo la luz.

Todo parecía exactamente igual que unos minutos antes.

Pero yo ya no lo veía de la misma manera.

Porque comprendí que el verdadero privilegio de Anakena no consiste únicamente en contemplar una de las playas más hermosas de Rapa Nui.

Consiste en estar en un lugar donde la naturaleza y la memoria se encuentran.

Aquí la playa cuenta una historia.

Las piedras cuentan otra.

Los moáis cuentan otra.

Y el océano, que estuvo presente antes de todas ellas, parece guardar la última palabra.

Quizá Hotu Matu'a contempló este mismo horizonte.

Quizá otros ariki caminaron por esta arena.

Quizá quienes esculpieron aquellos gigantes observaron alguna vez cómo el sol desaparecía detrás del Pacífico.

No podemos saberlo.

Solo podemos imaginarlo.

Y tal vez sea precisamente ahí donde reside la magia de Anakena.

Porque hay lugares que nos ofrecen respuestas.

Y hay otros que nos regalan algo mucho más valioso:

la posibilidad de seguir haciendo preguntas.

Anakena es uno de ellos.

Una playa blanca perdida en el océano.

Un antiguo territorio de reyes.

Un santuario de piedra.

Un lugar donde los antepasados todavía parecen mirar.

Y mientras uno se aleja por el camino, dejando atrás la arena y las palmeras, tiene la extraña sensación de que los moáis continúan allí, inmóviles, contemplando el horizonte.

Esperando.

Como llevan haciéndolo durante siglos.

Porque nosotros pasamos por Anakena.

Ellos permanecen.