ANAKENA
La
playa de los reyes y de los moáis
Hay lugares que parecen haber
sido elegidos por los hombres.
Y hay otros que dan la
impresión de haber sido elegidos por los dioses.
Anakena pertenece a estos
últimos.
Después de atravesar el
paisaje volcánico y silencioso de Rapa Nui, cuando el camino parece avanzar
hacia ninguna parte, aparece de pronto ante los ojos una franja luminosa de
arena blanca, un mar de color turquesa y unas palmeras que se balancean
lentamente bajo el viento del Pacífico.
Es difícil no detenerse.
Difícil no pensar que aquel
lugar debió parecer extraordinario también a quienes llegaron aquí muchos
siglos atrás.
Porque Anakena no es
solamente una playa.
Es uno de los lugares donde
comienza la memoria de Rapa Nui.
EL
LUGAR DE LOS ARIKI
La tradición cuenta que fue
en estas costas donde desembarcó Hotu
Matu'a, el gran ariki y antepasado fundador de los rapanui,
acompañado, según la tradición, por su hermana Avarei Pua.
Quizá por eso, cuando uno
contempla Anakena desde cierta distancia, resulta inevitable imaginar aquellas
primeras embarcaciones aproximándose lentamente a la orilla después de una
interminable travesía por el Pacífico.
Frente a ellos habría
aparecido una tierra desconocida.
Una isla volcánica perdida
en la inmensidad del océano.
Y, finalmente, aquella
playa.
La arena clara.
El agua tranquila.
La vegetación.
Un lugar donde comenzar de
nuevo.
La tradición oral
convertiría posteriormente Anakena en un espacio vinculado a los ariki, los antiguos gobernantes de la
isla, y a sus familias.
El nombre mismo de Anakena
procede, según la tradición local, de una pequeña cueva situada en una quebrada
próxima a la playa.
Hoy todo parece tranquilo.
Pero cuesta imaginar
cuántas historias pudieron desarrollarse alrededor de este pequeño territorio
durante los siglos en que Rapa Nui construía su extraordinaria civilización.
UNA
PLAYA EN EL FIN DEL MUNDO
Anakena se encuentra
aproximadamente a treinta kilómetros de Hanga Roa.
Treinta kilómetros que, en
otro lugar, quizá no significarían demasiado.
Aquí son diferentes.
Porque mientras uno avanza
hacia Anakena tiene la sensación de alejarse progresivamente del mundo
conocido.
El paisaje se vuelve más
abierto.
La presencia humana
desaparece.
El océano comienza a
adquirir un protagonismo absoluto.
Y entonces aparece la playa.
Una amplia media luna de
arena blanca coralífera, rodeada por vegetación y palmeras, junto a unas aguas
que bajo determinadas luces adquieren tonalidades de azul y turquesa.
Es una visión casi
contradictoria.
Rapa Nui puede ser áspera,
volcánica, incluso severa.
Anakena, en cambio, parece
generosa.
Como si la isla hubiera
querido reservar en medio de su territorio un pequeño refugio.
Un lugar de belleza serena.
Un lugar para quedarse.
LOS
SIETE GUARDIANES
Pero basta con levantar la
mirada para comprender que Anakena no es una playa cualquiera.
Allí están ellos.
Los moáis.
Siete figuras que parecen
custodiar desde hace siglos este rincón de la isla.
No tienen la expresión de
quienes vigilan.
Tampoco parecen amenazar.
Hay en ellos algo mucho más
profundo.
Una especie de melancolía
mineral.
Una nostalgia que quizá no
pertenece a las propias estatuas, sino a nosotros, que sabemos que quienes las
levantaron desaparecieron hace mucho tiempo.
Ellos permanecieron.
Y permanecen todavía.
El conjunto más
impresionante es el Ahu Nau-Nau,
situado junto a la playa.
Cuando uno se acerca, la
primera impresión es de grandeza.
Después aparece el detalle.
Las superficies de los
moáis no son toscas.
Sus espaldas fueron
cuidadosamente talladas.
La piedra conserva líneas,
formas y detalles que revelan la extraordinaria capacidad de los escultores
rapanui.
No estamos ante simples
bloques de roca.
Estamos ante una obra
concebida para durar.
Para sobrevivir a sus
creadores.
Para enfrentarse al tiempo.
LOS
PUKAO
Cinco de los moáis fueron
levantados completos sobre el ahu, mientras otros dos quedaron quebrados.
Cuatro de aquellos gigantes
llevan sobre sus cabezas los característicos pukao, enormes elementos realizados en toba roja que
representan, tradicionalmente, el cabello recogido o el moño que llevaban los
ariki.
Desde la distancia parecen
sombreros.
Pero no lo son.
Son parte de un lenguaje
simbólico mucho más complejo.
Cuando el sol incide sobre
aquella piedra rojiza, el contraste entre el oscuro cuerpo de los moáis y el
color cálido de los pukao resulta extraordinario.
Es entonces cuando Anakena
adquiere una dimensión casi irreal.
Los gigantes parecen
todavía más altos.
Más solemnes.
Más antiguos.
Y el visitante vuelve a
experimentar aquella sensación tan característica de Rapa Nui:
el presente frente al pasado.
EL
OJO QUE VOLVIÓ A MIRAR
Pero quizá uno de los
episodios más fascinantes relacionados con los moáis de Anakena ocurrió cuando
apareció algo que durante siglos había permanecido oculto.
Un ojo.
Un ojo de coral blanco, acompañado por una pupila
realizada en escoria roja.
Durante mucho tiempo se
había discutido cuál era realmente la función de los ojos de los moáis.
El descubrimiento
proporcionó una evidencia extraordinaria.
Porque aquellas esculturas,
una vez terminadas y colocadas sobre sus plataformas ceremoniales, podían ser
completadas con ojos.
Y entonces la imagen cambia
completamente.
Un moái sin ojos parece una
figura incompleta.
Un moái con ojos parece
vivo.
Parece mirar.
Parece adquirir presencia.
Aquel ojo encontrado en
Anakena se conserva actualmente en el Museo
Antropológico Sebastián Englert, en Hanga Roa.
Y quizá resulte difícil
encontrar una pieza que explique mejor la relación entre el mundo material y
espiritual de Rapa Nui.
La piedra podía representar
al antepasado.
Pero eran los ojos los que
parecían devolverle la mirada.
EL
MISTERIO DEL AHU
Anakena guarda todavía más
secretos.
Cerca de la playa existen
otros ahu que hoy permanecen sin las estatuas que alguna vez pudieron sostener.
Son estructuras
silenciosas, parcialmente absorbidas por el paisaje.
Quizá sean anteriores.
Quizá pertenecieran a otras
etapas de la historia de la isla.
Y quizá, precisamente
porque ya no tienen moáis, resulte más fácil imaginar lo que allí sucedió.
Uno puede caminar junto a
aquellas piedras e intentar reconstruir mentalmente el lugar tal como debió ser
siglos atrás.
Hombres transportando
enormes bloques.
Personas preparando
ceremonias.
Familias reunidas.
Sacerdotes.
Guerreros.
Niños.
Ancianos.
Una sociedad entera
viviendo alrededor de estos monumentos.
Y después, lentamente, el
silencio.
EL
OCÉANO DETRÁS DE LOS REYES
Me gusta imaginar Anakena
al final de la tarde.
El sol descendiendo
lentamente.
La luz dorada extendiéndose
sobre la arena.
Las palmeras moviéndose con
el viento.
El mar respirando
suavemente frente a la playa.
Y los moáis permaneciendo
inmóviles sobre el ahu.
Quizá nadie pueda saber
exactamente qué pensaban aquellos hombres cuando levantaban una estatua.
Pero podemos contemplar el
resultado.
Y basta con hacerlo durante
unos minutos para comprender que aquello no era únicamente arquitectura.
Era memoria.
Era identidad.
Era una forma de desafiar
al olvido.
Los rapanui levantaron sus
moáis para que los antepasados permanecieran presentes.
Y, de alguna manera, lo
consiguieron.
Porque muchos siglos
después seguimos llegando hasta ellos.
Seguimos preguntándonos
quiénes fueron.
Seguimos intentando
comprenderlos.
Seguimos fotografiándolos.
Seguimos hablando de ellos.
OVAHE,
LA HERMANA PEQUEÑA
A menos de un kilómetro de
Anakena, hacia Poike, aparece otra pequeña playa: Ovahe.
Es mucho más pequeña y
tiene un carácter diferente.
Si Anakena transmite la
sensación de ser un lugar abierto, luminoso y ceremonial, Ovahe parece
esconderse.
Como si la isla hubiera
reservado dos paisajes distintos a muy poca distancia.
Dos playas.
Dos formas de contemplar el
Pacífico.
Dos escenarios dentro de
una misma historia.
Pero Anakena posee algo que
Ovahe no puede tener.
La presencia de los moáis.
Y eso transforma
completamente la experiencia.
ANAKENA:
DONDE EL TIEMPO SE DETUVO
Antes de abandonar la playa
me quedé unos instantes contemplando nuevamente el Ahu Nau-Nau.
Los siete moáis permanecían
allí.
El océano continuaba
detrás.
Las palmeras se movían con
el viento.
La arena seguía brillando
bajo la luz.
Todo parecía exactamente
igual que unos minutos antes.
Pero yo ya no lo veía de la
misma manera.
Porque comprendí que el
verdadero privilegio de Anakena no consiste únicamente en contemplar una de las
playas más hermosas de Rapa Nui.
Consiste en estar en un
lugar donde la naturaleza y la memoria se
encuentran.
Aquí la playa cuenta una
historia.
Las piedras cuentan otra.
Los moáis cuentan otra.
Y el océano, que estuvo
presente antes de todas ellas, parece guardar la última palabra.
Quizá Hotu Matu'a contempló
este mismo horizonte.
Quizá otros ariki caminaron
por esta arena.
Quizá quienes esculpieron
aquellos gigantes observaron alguna vez cómo el sol desaparecía detrás del
Pacífico.
No podemos saberlo.
Solo podemos imaginarlo.
Y tal vez sea precisamente
ahí donde reside la magia de Anakena.
Porque hay lugares que nos
ofrecen respuestas.
Y hay otros que nos regalan
algo mucho más valioso:
la posibilidad de seguir haciendo preguntas.
Anakena es uno de ellos.
Una playa blanca perdida en
el océano.
Un antiguo territorio de
reyes.
Un santuario de piedra.
Un lugar donde los
antepasados todavía parecen mirar.
Y mientras uno se aleja por
el camino, dejando atrás la arena y las palmeras, tiene la extraña sensación de
que los moáis continúan allí, inmóviles, contemplando el horizonte.
Esperando.
Como llevan haciéndolo
durante siglos.
Porque nosotros pasamos por Anakena.
Ellos
permanecen.





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