La Ruta Nacional n.º 40
Hay caminos que conducen a un lugar y hay otros que, sin que el viajero
llegue a advertirlo, conducen hacia dentro de uno mismo.
La Ruta Nacional 40 pertenece a estos últimos.
Desde las soledades australes de Cabo Vírgenes, donde el
continente argentino parece terminar frente a la inmensidad del Atlántico,
hasta La Quiaca, en las alturas de Jujuy, la Ruta 40 se extiende
como una inmensa cicatriz sobre el mapa de Argentina. Más que una carretera, es
una línea de memoria que atraviesa el país de sur a norte siguiendo, casi
siempre, la formidable muralla de los Andes.
Durante miles de kilómetros cambia el paisaje, cambia el clima, cambia la
luz, cambian los hombres y hasta parece cambiar el tiempo. Pero permanece el
camino.
5.224 kilómetros de historia, naturaleza y aventura, desde prácticamente el
nivel del mar hasta las proximidades de los cinco mil metros de altitud
del Abra del Acay, en Salta. Un itinerario desmesurado que
atraviesa once provincias, enlaza pueblos y ciudades, cruza ríos y pasos
cordilleranos y penetra en algunos de los territorios más remotos, bellos y
estremecedores de Argentina.
Santa Cruz. Chubut. Río Negro. Neuquén. Mendoza. San Juan. La Rioja.
Catamarca. Tucumán. Salta. Jujuy.
Once provincias. Once maneras de entender un mismo país.
Y entre ellas, una carretera.
UN CAMINO NACIDO PARA UNIR UN PAÍS
La historia de la Ruta Nacional 40 comenzó en 1935, cuando
Argentina emprendió una profunda reorganización de su red vial. Desde entonces,
aquella carretera fue modificando su trazado, adaptándose a nuevas necesidades
y creciendo junto al propio país.
Durante décadas fue, ante todo, una vía de comunicación. Una carretera de
trabajo, de transporte, de comercio y de supervivencia. Por ella circularon
camiones, viajeros, mercancías, campesinos, mineros y habitantes de pequeños
pueblos que encontraban en aquella cinta de tierra y asfalto el vínculo con el
resto de la nación.
Pero la Ruta 40 tenía algo que ninguna oficina de planificación podía haber
previsto.
Tenía carácter.
Su trazado atravesaba paisajes demasiado extraordinarios para permanecer
ocultos para siempre.
Y poco a poco comenzó a convertirse en leyenda.
Durante buena parte de su historia, la carretera estuvo lejos de ser la
cómoda ruta turística que muchos viajeros imaginan hoy. Grandes sectores
permanecieron sin pavimentar y algunos tramos exigían paciencia, experiencia y,
en determinadas épocas del año, una buena dosis de valentía.
Fue a partir de comienzos del siglo XXI cuando la Ruta 40 adquirió una
nueva dimensión. En 2004, la Secretaría de Turismo impulsó su
desarrollo como producto turístico nacional, favoreciendo la inversión y la
construcción de nuevos tramos.
La carretera comenzaba a dejar de ser solamente una infraestructura.
Comenzaba a convertirse en destino.
DEL FIN DEL MUNDO A LA QUIACA
El viajero que decide recorrerla de extremo a extremo emprende una aventura
difícil de comparar con cualquier otro itinerario argentino.
El comienzo oficial se encuentra en Cabo Vírgenes, en la
provincia de Santa Cruz, frente a un paisaje donde el viento parece haber
aprendido a hablar antes que los hombres.
Allí empieza el kilómetro cero de una de las grandes carreteras míticas de
América.
Aunque existe una particularidad que forma parte de su propia historia:
entre Cabo Vírgenes y Punta Loyola no existe una carretera construida que
permita seguir de manera continua la antigua traza. Por esta razón, el
recorrido efectivo comienza alrededor del kilómetro 100.
Es una curiosa paradoja.
La carretera empieza oficialmente antes de que exista la carretera.
Como si la Ruta 40 quisiera recordarnos desde su primer kilómetro que su
verdadera naturaleza no es solamente geográfica.
Es también histórica.
Su recorrido fue modificado varias veces a lo largo del tiempo. Durante
décadas existió una división entre Ruta 40 Norte y Ruta 40 Sur, y el kilómetro
cero estuvo antiguamente situado en Mendoza. El traslado del origen hacia Cabo
Vírgenes, establecido por la Dirección Nacional de Vialidad en noviembre de
2004, transformó definitivamente la concepción de la carretera.
Desde entonces, Argentina podía contemplarse a través de una sola línea.
De sur a norte.
LA PATAGONIA: EL PAÍS DE LOS HORIZONTES
En la Patagonia, la Ruta 40 adquiere una dimensión casi metafísica.
El paisaje se vuelve inmenso.
Las distancias dejan de medirse en kilómetros y comienzan a medirse en
horas.
La carretera atraviesa estepas donde el horizonte parece retroceder a
medida que uno avanza. El viento azota la vegetación baja, las montañas
aparecen y desaparecen entre nubes y sombras, y de vez en cuando un pequeño
puesto, una estancia o un grupo de árboles rompe la monotonía de una tierra que
parece no tener final.
Aquí el viajero comprende que Argentina no es solamente un país extenso.
Es un país desmesurado.
La Ruta 40 conduce hacia algunos de sus paisajes más célebres: El
Calafate, puerta de entrada al mundo glaciar; los grandes lagos
patagónicos; los bosques cordilleranos; Lago Puelo, El
Bolsón y la región de Bariloche.
Y entonces la Patagonia cambia.
La estepa deja paso a los bosques.
Las lengas se levantan hacia el cielo.
Los lagos adquieren tonalidades azules y verdes imposibles.
Las montañas se reflejan en el agua.
Y el viajero descubre que la carretera puede ser, al mismo tiempo, una ruta
y un mirador.
LA CORDILLERA COMO COMPAÑERA
La Ruta 40 avanza paralela a los Andes, como si quisiera caminar junto a
ellos sin atreverse nunca a perderlos de vista.
La Cordillera aparece unas veces cercana, casi al alcance de la mano; otras,
lejana, recortada contra el horizonte.
Es una compañía permanente.
Los Andes constituyen el gran telón de fondo de este viaje. Sus cumbres
nevadas, sus valles, sus quebradas y sus pasos de montaña determinan el
carácter de buena parte del recorrido.
La carretera atraviesa 27 pasos o puertos de montaña, cruza
numerosos ríos, bordea grandes lagos y salares y permite acceder a una
extraordinaria concentración de áreas protegidas.
En torno a ella se encuentran parques y reservas nacionales y provinciales,
territorios que conservan algunos de los ecosistemas más valiosos del país.
Por eso la Ruta 40 puede considerarse también una ruta ecológica.
Pero su valor no reside únicamente en la naturaleza.
Porque bajo sus ruedas existe otra Argentina.
Una Argentina mucho más antigua.
EL CAMINO DEL INCA
En las provincias de Cuyo y del Norte, la Ruta 40 se aproxima a las huellas de una red infinitamente más antigua: el Qhapaq Ñan, el gran sistema vial andino desarrollado por el Imperio incaico.
Mucho antes de que existieran automóviles, camiones o señales kilométricas,
hombres y mujeres ya atravesaban estos territorios siguiendo caminos que unían
montañas, valles y poblaciones.
El antiguo Camino del Inca llegó a formar una red de decenas de miles de
kilómetros.
La Ruta 40 no es aquel camino.
Pero en determinados sectores camina sobre la memoria del mismo
paisaje.
Y esa coincidencia convierte el viaje en algo extraordinario: el automóvil
moderno avanza por una carretera contemporánea mientras, debajo de ella o a su
lado, parece latir una geografía recorrida durante siglos por pueblos
precolombinos.
El viajero moderno descubre entonces que no está atravesando solamente
Argentina.
Está atravesando capas de tiempo.
CUYO: EL VINO, LA TIERRA Y LA MONTAÑA
Al alcanzar Mendoza y San Juan, la Ruta 40 cambia nuevamente de
personalidad.
La inmensidad patagónica queda atrás y aparece un paisaje trabajado por el
hombre.
Los viñedos se extienden junto a las montañas.
El agua de los Andes alimenta una tierra que, a primera vista, parecería
demasiado seca para producir abundancia.
Pero aquí el hombre aprendió a negociar con el desierto.
Mendoza y San Juan convierten la carretera en una ruta del vino, de la
agricultura y de la cultura cuyana.
La montaña permanece siempre presente.
El viajero avanza entre viñedos, oasis y cordones montañosos, mientras la
carretera continúa su marcha hacia el norte.
Y en San Juan aparecen también las huellas de un pasado muchísimo más
remoto: los grandes yacimientos paleontológicos que recuerdan que, mucho antes
de que existiera Argentina, aquellos territorios estuvieron habitados por
criaturas que pertenecían a otro mundo.
La Ruta 40 se convierte así en una carretera que permite viajar no
solamente de un lugar a otro.
También permite viajar de una era geológica a otra.
EL NORTE: CUANDO EL PAISAJE SE VUELVE
COLOR
Más al norte, Argentina parece abandonar definitivamente el paisaje que el
viajero imaginaba al comenzar.
La Ruta 40 entra en La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y finalmente Jujuy.
Aquí las montañas adquieren colores inesperados.
Rojos. Ocres. Verdes. Violetas. Grises.
La tierra parece haber sido pintada por una mano paciente durante millones
de años.
Aparecen los Valles Calchaquíes, las quebradas, los pueblos
históricos, las ruinas y los antiguos caminos.
Surgen las Ruinas de Quilmes, silencioso testimonio de las
culturas que habitaron estos territorios antes de la llegada europea.
Y después llega la Puna.
El mundo parece elevarse.
El aire se hace más fino.
Los colores adquieren una intensidad diferente.
Los salares brillan bajo un sol implacable.
Las lagunas turquesas aparecen como espejos abandonados en medio de la
montaña.
Los flamencos, con su delicado plumaje rosado, encuentran allí su
territorio.
Y la Ruta 40 continúa ascendiendo.
EL ABRA DEL ACAY: CUANDO LA CARRETERA TOCA
EL CIELO
Hay un momento del viaje en que la Ruta 40 deja de parecer una carretera
convencional.
Es el Abra del Acay, en Salta.
Cerca de los 5.000 metros sobre el nivel del mar, el camino
alcanza una de las mayores altitudes de toda la red vial argentina.
A esa altura, la montaña domina absolutamente todo.
El paisaje se vuelve austero.
El cielo parece más cercano.
El silencio adquiere una presencia física.
El viajero mira hacia atrás y contempla el camino recorrido.
Miles de kilómetros. Bosques. Glaciares. Estepas. Lagos. Viñedos. Desiertos. Valles. Pueblos.
montañas.
Todo queda atrás convertido en memoria.
Y delante todavía queda Jujuy.
LA QUIACA: EL FINAL QUE ES TAMBIÉN UN
PRINCIPIO
Finalmente, después de atravesar buena parte de la geografía argentina, la
Ruta 40 alcanza La Quiaca, en el extremo norte de su recorrido,
junto a la frontera boliviana.
El viaje termina.
Pero la carretera no parece terminar realmente.
Porque al otro lado de la frontera continúan los Andes.
Continúan los caminos.
Continúa América.
La Ruta 40 llega hasta allí después de haber atravesado once provincias y
algunos de los paisajes más extraordinarios del continente.
Desde el viento de Cabo Vírgenes hasta la altura de la Puna.
Desde el océano hasta los Andes.
Desde el nivel del mar hasta casi cinco mil metros.
Argentina entera parece haber pasado por debajo de sus ruedas.
UNA CARRETERA,
MUCHAS ARGENTINAS
Quizá la comparación con la legendaria Ruta 66 estadounidense sea
inevitable.
Ambas carreteras se convirtieron en símbolos.
Ambas adquirieron una dimensión que supera ampliamente su función original.
Pero existe una diferencia fundamental.
La Ruta 66 atraviesa una parte de Estados Unidos.
La Ruta 40 parece atravesar todas las Argentinas posibles.
La Argentina patagónica. La Argentina cordillerana. La Argentina de los pioneros. La Argentina indígena. La Argentina del vino. La Argentina minera. La Argentina rural. La Argentina colonial. La Argentina de los grandes espacios. La Argentina de los pequeños pueblos.
Y también la Argentina que todavía permanece lejos de las grandes ciudades,
donde el horizonte sigue siendo más importante que cualquier edificio.
Por eso la Ruta 40 es una carretera comercial, porque comunica regiones y
favorece el intercambio.
Es una carretera turística, porque conduce hacia algunos de los lugares más
extraordinarios del país.
Es una carretera ecológica, porque enlaza parques y reservas.
Es una carretera histórica, porque atraviesa escenarios fundamentales de la
construcción nacional.
Es una carretera cultural, porque se aproxima a las huellas de pueblos y
civilizaciones anteriores a la Argentina moderna.
Y es, sobre todo, una carretera de pioneros.
LA RUTA DE LOS
PIONEROS
Durante décadas, recorrer determinados sectores de la Ruta 40 significó
enfrentarse a caminos difíciles, distancias enormes, aislamiento y condiciones
climáticas imprevisibles.
Los hombres y mujeres que vivían en aquellas regiones aprendieron a
convivir con la inmensidad.
La carretera era su vínculo con el mundo.
Por ella llegaban provisiones. Por ella salían productos. Por ella llegaban noticias. Por ella partían viajeros.
Y por ella, lentamente, el país fue acercándose a sus propios extremos.
La Ruta 40 fue construyendo así una memoria que no está escrita solamente
en documentos.
Está escrita en los pueblos. En las estaciones de servicio. En los viejos vehículos. En las estancias. En los puentes. En los carteles. En las fotografías familiares.
En las historias que todavía cuentan quienes la conocen.
Porque cada kilómetro posee una historia.
Y algunas de esas historias jamás fueron escritas.
EL VIAJE COMO
DESTINO
Hay carreteras que uno utiliza para llegar.
La Ruta 40, en cambio, invita a viajar para recorrerla.
Ese es su gran secreto.
El destino deja de ser únicamente El Calafate, Bariloche, Mendoza, San
Juan, los Valles Calchaquíes, Salta o Jujuy.
El destino es el trayecto.
Es detenerse frente a una montaña.
Es contemplar un lago.
Es cruzarse con un guanaco en la estepa.
Es descubrir un pequeño pueblo después de decenas de kilómetros de soledad.
Es observar cómo cambia la luz sobre los Andes.
Es entrar en una bodega.
Es caminar entre ruinas.
Es mirar un salar.
Es respirar el aire de la Puna.
Es escuchar el silencio.
Y volver a la carretera.
Una vez más.
LA RUTA 40, UNA LÍNEA QUE UNE EL TIEMPO
Quizá la grandeza de la Ruta Nacional 40 no pueda medirse solamente en
kilómetros.
Ni en puentes. Ni en ríos. Ni en pasos de montaña. Ni en parques nacionales. Su verdadera dimensión está en otra parte. Está en que une tiempos diferentes. El tiempo de los pueblos originarios. El tiempo de los incas. El tiempo de los conquistadores. El tiempo de los pioneros. El tiempo de las estancias y los pequeños pueblos. El tiempo de los primeros automóviles. El tiempo de la construcción de la red vial argentina. Y nuestro propio tiempo.
Todo parece encontrarse en esta carretera.
Por eso, cuando el viajero contempla el asfalto perdiéndose en el
horizonte, comprende que no está mirando simplemente una carretera.
Está contemplando una historia.
Una historia escrita con ruedas sobre la tierra.
Una historia que comienza frente al Atlántico, en el extremo austral, y
asciende lentamente hacia los Andes hasta perderse en las alturas de Jujuy.
5.224 kilómetros de país.
Once provincias.
Veintisiete pasos cordilleranos.
Dieciocho grandes ríos.
Cientos de puentes.
Parques, reservas, lagos, salares, glaciares, viñedos, desiertos y
montañas.
Y, sobre todo, una sucesión interminable de paisajes que parecen querer
demostrar que Argentina no cabe en una sola imagen.
Porque la Ruta 40 no es únicamente la carretera más larga de Argentina.
Es una de las grandes maneras de comprenderla.
Y quizá por eso, cuando finalmente se llega a La Quiaca y el camino parece
haber llegado a su fin, queda una extraña sensación de vacío.
Como si después de tantos miles de kilómetros uno descubriera que la Ruta
40 nunca fue solamente un camino.




































