El territorio de esta provincia posee 89 651 km², en donde prima un relieve montañoso intercalado por valles y travesías bajo un clima, predominante, templado seco, con una marcada escases de cursos hídricos superficiales. En los valles se desarrollan los oasis, producto del embalsamiento y sistematización de los ríos generados por el deshielo cordillerano. En dichos espacios es donde se concentra la población, que para 2010 rondó los 681.055 habitantes. Entre ellos se destaca el oasis del Tulum, en donde se emplaza el Gran San Juan, núcleo urbano que concentra más del 60% de la población total de la provincia.
En los oasis prima, en su desarrollo espacial, la actividad agrícola donde se destaca, la viticultura, actividad que tipifica a la provincia. Además tiene gran protagonismo la olivícola; asociada también está una buena variedad de frutas y hortalizas. De las dos primeras actividades, principalmente, se desprende un complejo agroindustrial con la elaboración de vino, siendo esta provincia la segunda productora en volumen a nivel nacional; poseyendo a su vez destacados vinos varietales.3 Asimismo también se producen grandes volúmenes de aceite de oliva.
Además de la actividad agrícola en los oasis, también se destaca una creciente e importante actividad minera. En la provincia se extrae y procesa una diversidad importante de minerales, tanto metalíferos como: oro y plata, y no metalíferos como: la caliza para producción de cal.
En lo que respecta al turismo, los atractivos internacionales más importantes son el montañismo, con el cerro Mercedario y desde el punto de vista científico Ischigualasto, un importante yacimiento paleontológico de extrañas geoformas, que data del periodo triásico. El turismo enológico ha crecido considerablemente en los últimos años; también los deportes aventura como el ráfting y carrovelismo, practicado este último en un lugar conocido como la Pampa del Leoncito, entre otros. También es bastante conocida por el turismo religioso, con el muy visitado Oratorio de la Difunta Correa. San Juan y el cruce de los Andes
El General San Martín condujo el grueso del ejército, sin embargo, la artillería debió ser conducida por el Paso de Uspallata. Durante 1815 y 1816 se realizó el Cruce de los Andes, San Juan se comprometió por intermedio de su Cabildo a formar un batallón de 500 soldados. Para ello se ordenó el reclutamiento voluntario y obligatorio de hombres. Sin embargo, el grueso de lo que sería la División Norte, al mando del Teniente Coronel Juan Manuel Cabot, se integró con voluntarios que se iban sumando al paso de la columna por parte del territorio sanjuanino. La expedición llevaba más de 1.500 animales y armamento.
Además San Juan, aporto oficiales y soldados, milicianos y arrieros, pólvora y víveres. A pedido del General San Martín, en San Juan el Teniente Gobernador José Ignacio de la Roza implementó impuestos a los vinos y aguardientes que se vendían fuera de la provincia con el fin de recaudar fondos.
Las mujeres sanjuaninas se encargaron de tejer paños, donaron joyas y objetos de plata labrada, mientras todos los que podían entregaban dinero, caravanas, aguardiente y vino, pasas de uva, harina, trigo, maíz, jabón, aceitunas, mulas de silla y carga, caballos, cueros de vacuno, monturas, ponchos, barriles, toda la existencia de estaño e incluso esclavos negros. El vecindario entregó todo lo que poseía y fue sometido a una contribución extraordinaria, mientras el Convento de Santo Domingo fue cedido para cuartel de las tropas.
San Juan se ubica en el oeste de la República Argentina, en la región conocida como el Nuevo Cuyo.
Para que te ubiques mejor:
Está situada en la base de la Cordillera de los Andes, lo que le da su característico paisaje montañoso.
Limita al oeste con la República de Chile.
Dentro de Argentina, sus vecinos son: La Rioja al norte, San Luis al sureste y Mendoza al sur.
Es esa combinación de estar cerca de las altas cumbres andinas y rodeada de valles soleados lo que crea el escenario perfecto para su gente y, por supuesto, para sus famosos vinos.
San Juan: Donde el sol calienta el alma y el viento te cuenta historias
Si me pides que te defina San Juan, no te voy a hablar de kilómetros cuadrados ni de datos demográficos. Eso lo encuentras en Wikipedia. Te voy a hablar de sensaciones. San Juan no se explica, San Juan se siente. Y se siente fuerte, como su sol.
Lo primero que te golpea, en el buen sentido, es su luz. Es una luz dorada, casi tangible, que parece filtrarse por todos los rincones. Y con ella, el calor. Pero no es un calor asfixiante, de esos que te roban las ganas de vivir. Es un calor seco, noble, que te invita a buscar la sombra de una parra y a disfrutar de la vida sin prisas.
Y es que en San Juan, el tiempo parece tener otro ritmo. Se nota en la amabilidad de su gente, en la sonrisa fácil y en la disposición a echarte una mano sin pedir nada a cambio. Hay una sencillez genuina en los sanjuaninos, una conexión profunda con la tierra y con la familia. Es el tipo de lugar donde todavía se saluda por la calle, donde los vecinos se conocen por su nombre y donde la vida transcurre con esa paz que tanto anhelamos en las grandes ciudades.
Pero no te equivoques, esa aparente calma no significa aburrimiento. San Juan tiene una energía vibrante que se manifiesta en su cultura, en su gastronomía y en sus paisajes. Es la tierra del buen vino, de los asados interminables y de las peñas folclóricas donde la guitarra y el bombo te invitan a cantar y a bailar. Es el lugar donde la tradición se mezcla con la modernidad, donde los viñedos centenarios conviven con bodegas de diseño y donde los edificios coloniales contrastan con la arquitectura más contemporánea.
Y luego están sus paisajes. ¡Qué paisajes! San Juan es una tierra de contrastes, donde la montaña se impone con su majestuosidad y los valles te sorprenden con su verdor. Es el hogar de la mítica Cordillera de los Andes, con sus picos nevados y sus glaciares, y del impresionante Parque Nacional Ischigualasto, más conocido como el Valle de la Luna, un lugar mágico donde parece que el tiempo se detuvo hace millones de años. Es el paraíso de los amantes del trekking, de la escalada, del mountain bike y de todos aquellos que buscan conectar con la naturaleza en su estado más puro.
Pero más allá de sus bodegas, de sus montañas y de sus paisajes, lo que hace a San Juan un lugar verdaderamente especial es su gente. Son ellos los que le dan vida, los que le dan alma, los que hacen que te sientas como en casa desde el primer momento. Son ellos los que te invitan a compartir un mate, a disfrutar de una buena conversación y a descubrir la verdadera esencia de esta tierra maravillosa.
Así que si estás buscando un lugar donde desconectar del mundo, donde reconectar contigo mismo y donde descubrir la verdadera belleza de la vida, no lo dudes: San Juan te espera con los brazos abiertos. Déjate seducir por su sol, por su gente y por su magia. Te prometo que no te arrepentirás.






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